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¿POR QUÉ SIENDO TAN MINUSCULOS SOMOS TAN IMPORTANTES PARA DIOS O EL UNIVERSO?

¿Por qué siendo tan minúsculos somos tan importantes para Dios o el Universo?

Cuando era niño y asistía al catecismo, recuerdo haberme quedado mirando fijamente una imagen del cielo en mi libro de oraciones. Nos enseñaban que Dios nos había creado para dos cosas principales: admirar su obra y adorarlo. En ese momento, con la mente inocente de la infancia, la idea sonaba enorme y solemne.

Sin embargo, al crecer, el tamaño del mundo también creció para mí. Descubrí que la Tierra es apenas un grano de arena en un océano cósmico inimaginable, y que nuestra existencia dura un parpadeo en comparación con la edad de las estrellas. Fue ahí donde me asaltó una duda que me acompañó por años:

Si somos tan asombrosamente minúsculos, insignificantes y efímeros... ¿por qué habríamos de ser tan importantes para el creador de todo este teatro cósmico? ¿Realmente un Dios infinito necesita que un pequeño humano se ponga de rodillas a aplaudirle para alimentar su ego?

Para encontrar una respuesta que me devolviera la paz, tuve que viajar muy lejos del catecismo: tuve que viajar a la ciencia y a la filosofía más profunda.


El Universo participativo: El ojo que mira hacia atrás

Hubo un físico legendario llamado John Archibald Wheeler que propuso una idea revolucionaria: el Universo Participativo. Él decía que el cosmos no es una máquina fría que funciona sola sin que le importemos. Al contrario, imaginaba al universo como una gran letra "U". En un extremo está el Big Bang, el inicio de todo; en el otro extremo, estamos nosotros: los observadores.


Durante miles de millones de años, el universo expandió sus galaxias, cocinó elementos químicos en el corazón de las estrellas y formó planetas en absoluto silencio. Pero todo ese despliegue majestuoso estaba en una especie de "estado de espera". Faltaba algo. Faltaba una mente capaz de comprenderlo.

Cuando la evolución humana finalmente encendió la chispa de la autoconciencia, ocurrió el milagro: el universo abrió los ojos.

  • Cuando miras el cielo estrellado, no eres solo tú mirando al espacio; es el universo mirándose a sí mismo.

  • Cuando te conmueves con un paisaje bonito, con una tarde en el parque o con el vuelo de una paloma, es el tejido del cosmos experimentando su propia belleza.

Pensadores serios y científicos como Roger Penrose nos sugieren que el cerebro y la conciencia no son un accidente; somos la herramienta que el universo diseñó para poder existir de verdad. Porque, seamos honestos: ¿de qué sirve una obra de arte perfecta si la sala del museo está eternamente vacía?


De la adoración al asombro

Aquí es donde mi perspectiva cambió por completo y pude reconciliarme con lo que me enseñaron de niño. El error no estaba en el propósito, sino en las palabras.

El "Dios" del universo entero —ese que el filósofo Baruch Spinoza describía simplemente como la Naturaleza misma— no tiene el ego de un rey humano que exige aplausos, sacrificios o sumisión bajo amenaza de castigo. Un Dios absoluto no tiene necesidades psicológicas. Por eso, hoy prefiero cambiar la palabra "adoración" por "asombro y gratitud".


No somos importantes porque seamos gigantes en tamaño, sino porque somos los testigos oficiales de la creación. Nuestra importancia radica en nuestra capacidad de maravillarnos. Cada vez que usamos nuestra mente para entender una ley de la física, para filosofar o para agradecer el simple hecho de estar vivos aquí y ahora, estamos cerrando el círculo perfecto del cosmos.


¿Qué tan grande es tu Dios?

Para cerrar esta reflexión, quiero compartirte una historia bellísima. En una ocasión, un astrofísico terminó de dar una ponencia impresionante sobre la inmensidad del universo y sus dimensiones inimaginables. Al abrir el micrófono para las preguntas, una señora levantó la mano y, visiblemente abrumada por los datos, le preguntó:

Doctor, ¿cómo es posible que, después de ver que el universo es tan brutalmente grande y vasto, Dios se pueda estar preocupando por nosotros, que somos seres tan minúsculos?

El astrofísico la miró con ternura, sonrió y le contestó:

Mire, señora... eso depende enteramente de qué tan grande sea el Dios en el que usted cree.

La respuesta es demoledora. Si pensamos en lo sagrado —llámese Dios, Universo o Energía— como algo limitado por nuestras propias capacidades humanas, siempre nos sentiremos insignificantes. Pero si entendemos que lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño están hechos de la misma esencia, la distancia desaparece. No somos hormigas perdiéndose en el vacío; somos la parte del cosmos que tiene el superpoder de pensar, sentir y asombrarse.

Así que, al final del día, te dejo esta pregunta para que te la lleves a la almohada:

Y tú... ¿cuál es el poder de tu creencia?


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